Lunes 5 de enero 009

Los cosméticos también fueron integrados.

Se encontraban perfumes caros (de precio) oliendo a “barato”, gel de ducha (resecando de tal manera la piel que uno acababa con escamas como Neptuno o la Sirenita) y con efecto compensatorio cremas corporales de un increíble grasiento. Los clientes tenían dos opciones: pasar el día rascando la escama o ir por la vida con una piel de charol reluciendo como un espejo bajo el sol.

Las cremas anti-arrugas, dañando el cutis mas que otra cosa, si eran muy apreciadas por el publico, no por su efectividad original, sino por el poder de reducir las hemorroides.

El negocio prosperaba y la Pirula propuso de exportar los productos, con firma luciferina, a las otras tiendas de la ciudad. Después de unas primeras ventas exitosas, el negocio fue de capa caída. Un producto del Kultorium se compraba una vez pero no dos. En la mente del Avaricio surgió la idea del “rellene”. Consistía en rellenar envases de prestigiosas marcas ofreciendo, desde décadas, productos de calidad a sus clientes, con los producidos por las fábricas del Kultorium.

Una gangrena de mal gusto se introdujo en los súper-mercados de la Kapital. Los clientes ya no se podían fiar del embalaje. La podredumbre del kultorium podía estar escondida en cualquier envase: el queso no correspondía a la etiqueta que normalmente lo definía y garantizaba. La leche, tenia tonos grisáceos. El vino-vinagre escogió las botellas de los mejores vinos del país para esconderse. Paso lo mismo con los perfumes: los olores kultorium se escondían en los lujosos frascos de perfume de conocidas marcas (no tenían ni siquiera categoría de imitaciones. Sencillamente infames. Te perfumabas y acababas duchándote otra vez para liberar la piel del infame olor). Un clima de desconfianza se instauro: estaba claro y comprobado algunos productos no correspondían a su embalaje.

Ir de compras, era como jugar a la lotería. Como no te toque el buen numero, la compra a la basura.