Domingo 4 de enero 009

Si en un principio el Kultorium fue construido en un descampado, hoy era un nuevo barrio.

Viviendas, lugares de ocio y diversión, tiendas, hoteles, fábricas.

El campo de la alimentación no se podía quedar atrás. La Alifaktoria fue creada. Enormes naves, ocupando una superficie de 22km2, donde se fabricaba: la pasta, el chocolate, café, pan, bollos así como bebidas.

El likorium, hasta ahora únicamente fabricado para los días festivos, fue embotellado y puesto a la venta, en el Mercado central del Kultorium.

Don Catalino Avaricio, fue nombrado Presidente Director General, servia de tapadera, así como los accionistas que tan solo estaban ahí a titulo nominativo (recibían por el favor una pequeña remuneración mensual), lo que permitía a la Misaka, al no declarar la Alifaktoria como propiedad suya, pagar menos impuestos.

Don Catalino Avaricio, afín de incrementar sus ingresos, opto por “trampear” algunos productos. La tónica, era gaseosa con un pequeño toque de limón, el café estaba compuesto por un 99% de chicoria y un 1% de café, las tostadas estaban tan duras que algunos clientes llegaron a preguntarse si en vez de trigo utilizaban algarroba. El vino: avinagrado (una etiqueta enumeraba los numerosos beneficios para la salud del producto – además proponía algunas mezclas para hacerlo mas agradable al paladar. Hasta Baco, asqueado, se hubiese hecho adepto del agua). Las limonadas tenían una consistencia peculiar. En cuanto a las sopas en sobre si nadie se atrevía a especular sobre sus componentes todos coincidían en el hecho de que un plato de sopa llenaba tanto como un jabalí a la parrilla. La pasta, pegajosa como la cola, suponía un peligro para los que utilizaban dentadura postiza: alto riesgo de que la parte superior et inferior quedaran críticamente unidas. En las hamburguesas (mezcla de todos los despojos de cerdo, cordero, pollo, etc.) algunos tropiezos dejaban suponer que tanto la piel como las patas de las gallinas, uñas incluidas, habían sido picadas con el resto de la carne. Las Pizzas, mejor no lo cuento.

En la entrada del Mercado Central una pancarta con parpadeantes letras luminosas lanzaba su mensaje:

“Somos distintos. Consumimos diferente”.

La comida verdaderamente diabólica.